
El fútbol como relato, como una serie de hechos pasibles de ser contados a través de diferente formatos (audio, audiovisual, gráfico) tiene elementos comunes a cualquier historia. Sea un partido, un entretiempo, un entrenamiento, una rueda de eliminación o todo un campeonato, siempre va a existir una unidad de espacio-tiempo por la que el cronista arma una historia. Existe una variedad de géneros a los que el juego habilita: romance de una hinchada por sus colores, acción en los partidos calientes, drama como el apertura de Racing, épico cuando se enfrentan equipos de diferentes posibilidades y el mas débil consigue la victoria, etc. Otro elemento que lo distingue como relato es la posibilidad de hallar, en cualquiera de estas unidades témporo-espaciales, distintas escalas dramáticas construidas sobre puntos de inflexión o plot points (como un gol, un fault fuerte, una roja, la quiebra de un club, penales, la vuelta de un ídolo, etc), son hechos que van marcando el pulso de lo que se esta contando o trasmitiendo.
Se pueden enumerar varias características de esta comunión entre el deporte y el relato pero el objetivo de esta nota es ahondar sobre una en particular, la más palpable (aunque sea de manera inconsciente) en el sentir del hincha: la relación dialéctica héroe-villano. En “El zaguero que no fue”, Intermar cuenta la historia de un pibe que le estaba haciendo sombra a Zandoná hasta que en un entrenamiento lo parte cortándole la carrera. Bien podría haber sido un crack este joven, podría haber jugado para la selección, pero la mala leche de otro nos dejó sólo con hipótesis. Zandoná es un claro ejemplo del elemento que estas líneas intentan demostrar.
La relación dialéctica se da en la figura de un jugador que, entre las huestes de su propio equipo es considerado ídolo, pero es negado y devenido anti-héroe en el filtro de subjetivización del resto de los hinchas. Pero cuidado, no se trata de jugadores que la rompen, que son cracks y el resto de las hinchadas tienen envidia de que no juegue para su club, sino de jugadores que son amados y coreados hasta el cansancio en su cancha, pero a cualquier otro hincha le causa revulsión. Es más, hasta podría ser la primera regla de esta radiografía del mal, que no se trate de “craks”, ya que, el verdadero apasionado del fútbol sabe apreciar al jugador distinto, así que por más que le esté jugando en contra lo respeta.
Consecuentemente no pueden integrar nunca un seleccionado nacional, ya que no resaltan, su calidad de juego es mediocre o mala, por lo que nunca superarán la barrera de su propio club. Pero no se trata tampoco de simples jugadores intrascendentes a los que sus fieles adoran, sino que hay más. Deben dar la impresión de ser malos tipos tanto fuera como dentro de la cancha (aunque pueden ser excelentísimas personas), un “ser Zandoná”, tener mucha pero mucha mala leche. Y aquí ya aparecen imágenes de varios, ¿verdad? Un chanchi estevez, un ameli, un delgado, un d´ alessandro, tuzio, rambert, chilavert, entre otros, sin olvidar su mayor exponente: Barros Schelotto.
Si bien como se dijo no son habilidosos, pueden definir un partido, por aplicar de manera rigurosa toda su maldad con alevosía al jugar “por afuera” del partido. Sus dotes extrafutbolísticas son tan astutas como arteras: hacer tiempo, simular para hacer echar, hablar a los árbitros, hablar a sus contrincantes, calentar los ánimos, etc. Son estas denominadas picardías del fútbol las herramientas que estos personajes manejan con gran habilidad.
Así consiguen que la historia les sea favorable en la visión del simpatizante propio y reprochable en la ajena. Generan amores y odios. Pueden ganar partidos sin tocar la pelota, porque su mera presencia es desventaja para los rivales. Son los archienemigos del planeta fútbol y serán defendidos para siempre con los colores que se identifican.