
Entra un guaso pirata ye mamáo y manda al rasinclú a la B nacioooonaal con una culeaaada
Cuando llegó de Tucumán a la terminal de Retiro, Ramiro Scaletta no sabía que en Buenos Aires los porteños tienen la costumbre de etiquetar a todos los nacidos fuera de la Reyna del Plata con el gentilicio, completo o acortado, del lugar del que provienen. Tampoco sabía que su destino iba a depender tan sólo de un segundo, de una jugada nimia, ni que uno de sus ídolos futbolísticos iba a estar directamente involucrado con el abrupto cambio de rumbo de su vida entera. El Tucu, como se lo conoció en la capital, arribó con la férrea esperanza que albergaba desde su más tierna infancia: ser futbolista de primera división.
Se tenía confianza. Así fue como se probó en River y en Boca. No quedó. Adujeron poca proyección hacia el ataque. Se probó luego en Español, club en el que quedó como suplente. Pero sentía que estaba para más, por lo que siguió con su recorrido por los castings. Finalmente, uno de los clubes porteños que estaban en franco ascenso allá por los primeros 90 lo incorporó a su plantel.
El Tucu es alto, grande, usa la bocha rapada. Fachero. Tiene cara de malo, porque es un neto marcador lateral, con versatilidad para ser central. “Pero un tipazo”, decían los que lo trataban. Corría 1995 cuando, con escasos 24 años, laburaba atendiendo el buffet del polideportivo del Vélez, en Linier. Todos lo querían, todos charlaban con él. Siempre atendía a la gente con buena predisposición, a pesar de su constante gesto de foul.
Cuando llegó al buffet, todos sabían que el Tucu era futbolista, y que jugaba en la reserva del Fortín. Corría el comentario que le había ocurrido “algo muy jodido”, como rumoreaban los viejos que jugaban a las cartas. ¿Por qué había pasado de entrenar con la primera a atender el barsucho del club? ¿No decían que iba a ser el nuevo cuatro de la V, que la estaba rompiendo? Atacados por estos interrogantes, un grupo de pequeñuelos lo encaró y le preguntó, directamente y sin tapujos, qué había pasado. El Tucu les constó su descarnada historia.
Integraba el plantel de Bianchi en 1994. Había solucionado su problema de proyección. En cada entrenamiento jugaba mejor. Aunque siempre era sparring, cada vez eran más los partidos en los que les pintaba la cara por la banda a los integrantes del equipo titular. Entrenamiento tras entrenamiento se hacían más fuertes los fastidios del Turco Asad y del Turu Flowers. Se decía que no los dejaba jugar. El titular de su puesto era por entonces el experimentado lateral Flavio tremenda-mano-a-edmundo Zandoná, un verdadero ídolo para el Tucu. Aunque los jubilados híperfanáticos (o aburridos) que veían los entrenamientos en la semana, que por entonces se realizaban en Liniers y no en la Villa Olímpica de Ituzaingó, decían que el pibe tenía el puesto asegurado, él se sentía allá arriba como suplente de Zandoná. Pero, en verdad, Flavio venía haciendo partidos flojos, y Carlitos Bianchi felicitaba al suplente demasiado seguido, demasiado vehementemente. Zandoná, que era bien pillo y bien sucio, se daba cuenta de todo, y no le gustaba nada. Durante un entrenamiento de abril de 1995, una tarde fría y con llovizna de coté, el Tucu la rompía en el team de los suplentes. Se proyectaba, jugaba, marcaba como un león, asistía, metía goles. Zandoná era, claro, el lateral del primer equipo.
En una jugada que promediaba el segundo tiempo, el Tucu ingresaba con pelota dominada en campo contrario por la banda, tirándose para el centro, casi como un diez, proyectándose para el gol o para la habilitación, lastimando la defensa rival.
Entonces, Zandoná, que veía su puesto esfumarse minuto a minuto, no lo soportó más.: cruzó a toda velocidad los veinte metros que lo separaban del pibe y fue directo y sin anestesia con la pierna levantada y los tapones de punta hacia su rodilla. Rotura de ligamentos cruzados y fractura con desplazamiento de rótula. Listo, Tucu, no jugas más a la pelota de por vida. Y así fue. Operaciones, clavos, yesos, terapias varias, nuevas operaciones, kinesiología. Nada pudo hacer la ciencia con el Tucu. No jugó nunca más al fútbol de forma profesional. Zandoná, su ejemplo a seguir en su puesto, lo había partido al medio intencionalmente porque se hacía inminente el enroque en la formación velezana, porque no soportaba su derroche de talento. El hecho no trascendió más que por los pasillos del club. Nunca se filtró a la prensa.
Mientras nos contaba esto, se había juntado gente que, en las cercanías del mostrador, disimulaba una lectura de diario o un cafecito, pero escuchaba con atención cada palabra. El grupo de pibes lo miraba azorado. “Tranquilo, Tucu, este domingo lo recontracagamos garziando al puto de Zandoná”, le dijo uno. Ese domingo Vélez le ganó 4 a 3 a Platense, en una tarde de sol del Amalfitani, por la fecha 9 del apertura. Y, claro está, nadie puteó a Zandoná.
El Tucu, a 400 metros de la chancha, lo veía por la TV del bufet junto a los viejos que timbean por toda la eternidad en esas sillas recubiertas con nylon, mientras pensaba en cómo encararía a su verdugo en Ramos Mejía, esa noche, para asestarle una memorable derecha en el rostro, que lo desplazaría de las siguientes dos fechas, soltando así al menos un tiro para el lado de la justicia.
¡¡Hace cuanto que no me pongo los guantes!! Posiblemente el puesto de arquero es uno de los más sacrificados y criticados dentro de un equipo. Lamentablemente está plagado de lugares comunes, por lo que cuando uno se lanza a hablar de él resulta imposible no caer en ellos. Con todo este tema de Migliore y de Orión (para nombrar los más actuales, los calentitos) se me vienen a la cabeza todas esas cosas que uno iba aprendiendo de chiquito cuando volaba de palo a palo. El error siempre está al caer y uno puede pasar en un minuto de héroe a villano. Es, definitivamente, el lugar más jugoso para analizar y para sufrir. Pero, pero…
Qué bueno que estaba volar para sacar esa pelota imposible y que la gorra se caiga en la estirada.
Qué bueno saltar más alto que todos para cortar un centro y salir ligerito de contra.
Qué bueno ese mano a mano en el que te hiciste gigante y le tapaste todo el arco al delantero.
Qué bueno volar cuando no hace falta.
Qué bueno atrapar la pelota cuando te tiraron un bombazo.
Qué bueno charlar a tus defensores para inflarlos.
Qué bueno ser el capo en la definición por penales y atajarte el último.
Qué bueno cuando los palos atajan más que vos.
Qué bueno que era ver al Goyco en el 90 y querer ser él.
Qué bueno pasar las tardes de supercampeones y tener la gorrita roja de Benjí Price (¡¡por favor, cómo atajaba ese pibe!!)
Qué bueno comerse una patada porque te jugaste la piel y se la sacaste del botín al delantero.
Qué bueno ser un héroe épico y agarra la pelota que, después del choque, se acerca despacito a la línea.
Qué bueno sufrir todo el partido, tener la responsabilidad de ser el primer pilar del equipo.
Qué bueno que estaba transmitirles a tus compañeros toda la seguridad para que jueguen tranquilos, porque acá no pasa una pelota muchachos.
Salud a todos los arqueros del hoy y los que lo fueron ayer. A algunos nos abandonaron los reflejos antes pero los que todavía los tiene úsenlos, que están en el mejor lugar de la cancha.